
No he sido particularmente miedosa, pero hoy al mirar hacia atrás, recuerdo esos miedos asociados a mi niñez, y los siento muy reales, muy actuales, muy vivos...
La casa de mis padres tenía un pasillo larguísimo, y muchas veces lo recorría a oscuras hasta llegar al final y encendía la luz. El corazón se me aceleraba y me salía por la boca, porque era indudable que me había ido cruzando con un montón de fantasmas.

Ni que decir tiene que dormía con los brazos dentro de la cama. Tapada hasta la punta de la nariz. Estaba completamente segura de que debajo de mi cama había todo un mundo, que se apoderaría de mi brazo si lo dejaba balanceando fuera.
También estaba convencida de que cuando me dormía, mis muñecas cobraban vida por la noche y montaban todo un mundo paralelo al mío. Por la mañana me detenía en alguna de ellas para descubrir algún pequeño cambio que la delatase:)
Recuerdo que con doce-quince años me gustaban muchísimo las películas de miedo. Salía del cine superrelajada después de haber soltado un montón de adrenalina.
Ya de adulto, me puse a leer “It” de Stephen King. Tardé más de un año en conseguir terminarlo. Cada pocas páginas, tenía que dejarlo. En él me encontraba un montón de miedos infantiles míos, sobre todo lo relacionado con el agua. Las tuberías en casa siempre me resultaron atrayentes y a la vez me daban miedo, o el movimiento del agua en la taza del water. Uf! Terrorífico! Jajajaja. Supongo que lo del agua tendrá que ver con una historia que conté a los cuatro años. Estaba en la playa con mis padres y sus amigos, y me metí al mar con ellos. Como una amiga de mi madre vio que iba muy dispuesta a no parar y empezaba a ir cubriéndome, me dijo que no siguiese porque me podía ahogar. Le contesté cargada de razones: no, porque ya me he ahogado! Claro, se empezó a reír y preguntó que porqué decía eso. Pues porque ya me ahogué cuando me llamaba Catalina!!!!!!! La mujer se quedó de piedra y todavía debe de estar temblando de la impresión.